Evidencia previa

Una de las medidas más discutidas, entre las que se volvieron a implementar para mitigar contagios en la segunda ola de COVID-19 en nuestro país, fue la relacionada a la vuelta a la modalidad virtual para la continuidad escolar. Teniendo en cuenta la evidencia local disponible, y que el sistema ya está en una modalidad mixta de presencialidad y virtualidad -que a sabiendas de los déficits de conectividad de los estudiantes, podríamos denominar “de mínima”- el margen para reducir presencialidad es casi inexistente.


La fuerte suba de casos positivos por COVID-19 en el último mes de abril, que incrementó el riesgo de saturación del sistema sanitario, hizo que se volvieran a implementar ciertas restricciones a la circulación con el objetivo de mitigar la cadena de contagios. Una de las medidas más discutidas fue la relacionada a la vuelta a la modalidad virtual para la continuidad escolar, que se impuso bajo el supuesto de que la presencialidad escolar contribuye a la  propagación del virus.

Antes de revisar (algo de) la evidencia sobre este último punto, vale la pena considerar el contexto en el que se emplaza esta discusión: (i) durante 2020, en nuestro país, la no presencialidad de los estudiantes en las escuelas fue una de las medidas que más se extendió en el tiempo, llegando a casi la totalidad del ciclo lectivo; (ii) dado el alto porcentaje de estudiantes que no cuentan con dispositivos y/o conectividad para sostener los estudios en modalidad remota, la alternativa de continuidad pedagógica virtual deja de ser, como lo indica la Ley 26.206, universal; (iii) la combinación de los dos puntos anteriores comprometió seriamente la posibilidad de brindar los contenidos académicos proyectados para dicho año, y justamente, en reconocimiento de tal falencia, hacia fines de 2020, el Ministerio de Educación define un año lectivo 2020/2021[1] que posibilitaría ajustar los mismos; (iv) que más allá de los temas académicos, la salud emocional de los niños/as y jóvenes se vio comprometida por la no asistencia a la escuela; y (v) como consecuencia de todas estas problemáticas, un millón de estudiantes tuvieron nulo o muy bajo contacto con la escuela en 2020.

Para monitorear el impacto de la Pandemia en la Argentina, Unicef desarrolló tres encuestas a lo largo de 2020 que examinaron, entre otros factores, cómo se estaba llevando a cabo la continuidad pedagógica de los estudiantes. La última ronda se realizó entre fines de octubre y principios de noviembre, es decir, faltando un mes para el fin del ciclo lectivo, lo que permitía asimilar la experiencia de todo ese año.

De acuerdo a esta información, a nivel nacional, el 16% de los estudiantes declararon no haber podido realizar tareas o actividades escolares en 2020 (ver Gráfico 1), pero este nivel no es parejo entre regiones; por ejemplo, se eleva hasta el 27% para las provincias del noreste argentino (Misiones, Chaco, Corrientes y Formosa). Por otro lado, cuando se consulta a las familias si consideran que los niños/as y adolescentes del hogar pudieron avanzar con los aprendizajes, el 26% considera que no, aunque de nuevo, con gran heterogeneidad entre regiones; estos porcentajes llegan a un 37% para el caso de la región de Cuyo (Mendoza, San Juan y San Luis), 33% para el NEA y 30% para la Patagonia (Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego).

El Gráfico 2 contrasta los mismos guarismos, pero específicamente para los adolescentes entre 13 y 17 años, y expone que, si bien los jóvenes declaran haber tenido un mayor nivel de contacto con la escuela (la negativa de este gráfico), el 32% considera que sus aprendizajes fueron muy pocos o nulos, cifra que se eleva al 50% o 48% cuando se trata de jóvenes de las regiones del NEA o la Patagonia, respectivamente. Si bien sería deseable contar con resultados de evaluaciones que permitieran constatar fehacientemente cuál fue la pérdida de aprendizajes, más allá de la visión subjetiva de cada estudiante o su familia acerca de lo que suponen deberían haber aprendido, en ausencia de las mismas, ésta es la mejor aproximación.

Gráfico 1

Fuente: elaboración propia en base a datos de la 3era. Encuesta de Unicef 2020[2]

Gráfico 2

Fuente: elaboración propia en base a datos de la 3era. Encuesta de Unicef 2020[2]

En cuanto a la salud emocional, la mitad de los jóvenes dicen haberse sentido angustiados, deprimidos o asustados frente a la incertidumbre del contexto pandémico (Unicef, 2020).

Respecto a las posibilidades tecnológicas, de acuerdo a la encuesta de la UCA (2021), actualmente el 40% de los hogares del país no cuenta con computadora, y el 28,5% no cuenta con servicio de internet. Y estas cifras son similares a las que Unicef encuentra para el grupo específico de hogares con niñas/os y adolescentes, aunque nuevamente para las regiones del NEA y NOA estos porcentajes escalan hasta el 50%, es decir que el pasaje a la virtualidad no es una posibilidad para un grupo importante de estudiantes de la Argentina, sobre todo para quienes concurren a escuelas del sector público.

Si bien el panorama descripto para la Argentina tiene similitudes con el de muchos países del mundo, sólo en Latinoamérica el cierre de las escuelas fue tan extenso como en nuestro país. Un estudio reciente del Banco Mundial (2021, pág. 97, Tabla A3) estima que en la Argentina el nivel de los denominados pobres de aprendizajes – estudiantes que no son capaces de leer y comprender un texto simple adecuado para su edad, hacia el final de la primaria[3] – pasaría del 52% actual a 62%, en un escenario que contempla 7 meses de escuelas sin presencialidad (lapso muy similar al observado). Sobra decir que el aumento de estos diez puntos porcentuales compromete aún más los ya bajos niveles de capital humano y en el futuro (próximo), los ingresos y la productividad del país.

Reconociendo este nuevo estado de situación: aumento de la desigualdad educativa, pérdida de aprendizajes e impacto negativo en la salud socioemocional de los niños/as y adolescentes, la preocupación por la presencia o no de los estudiantes en el aula está más que justificada. A fines de 2020, un grupo de asesores de Unicef, tras la revisión de numerosos estudios (incluyendo tanto las visiones a favor como en contra[4]), concluye que la educación presencial, sobre todo cuando se acompaña con medidas preventivas, presenta tasas bajas de transmisión, inclusive más bajas que en otros entornos. Textualmente indica que “los estudiantes no parecen estar expuestos a mayores riesgos de infección en comparación con el hecho de no asistir a la escuela cuando se aplican medidas de mitigación, y el personal escolar tampoco parece estar expuesto a mayores riesgos relativos en comparación con la población general”.

La revisión exhaustiva y con criterio científico de toda la evidencia que se ha acumulado hasta ahora sobre el impacto de distintas medidas de mitigación, entre ellas, el cierre de escuelas, es inmenso y queda fuera de las posibilidades de esta nota. Por eso, la recomendación de Unicef, como organismo internacional, se explicita específicamente. Rescato, a su vez, dos trabajos adicionales: (i) el de De Hoyos y Saavedra, para el Banco Mundial (2021), quienes incluyen bibliografía respaldatoria del bajo impacto que tiene la apertura de las escuelas en la propagación del virus para la población, tanto dentro como fuera de las escuelas, cuando se usan otras medidas de prevención, como el uso de máscaras, distanciamiento y ventilación de espacios. Los autores ponen especial énfasis en que los Estados deben evaluar las pérdidas académicas y socioemocionales que acarrea la no presencialidad al momento de tomar decisiones que impliquen el cierre de escuelas; y (ii) la realizada por Bailey (2021), quien concluye, luego de una muy extensa revisión de la evidencia (aunque para hemisferio norte) que la gran mayoría de los estudios sugieren que la escuela no incrementa el riesgo de contagio en los niños, sobre todo si se siguen protocolos de seguridad sanitaria, aunque sí podría existir un riesgo mayor para el caso de los estudiantes de secundaria, y que son fundamentales las medidas de prevención (barbijos, máscaras, distanciamiento y circulación de aire); las escuelas reflejan las tasas de transmisión comunitaria, pero no multiplican la transmisión del virus, en realidad algunos estudios indican que las escuelas colaboran con la identificación temprana de los casos sospechosos y su aislamiento.

Nuestro país ya no tiene margen para mayores pérdidas de aprendizajes; el objetivo debería estar puesto completamente en la recuperación, tanto académica como vincular, de los estudiantes. El proceso actual ya contempla una versión mixta: presencial y virtual, esta última a sabiendas de  los grandes déficits de estructura digital y de conectividad que tienen las familias. Sobre todo en el sector público, los estudiantes ni siquiera asisten a la escuela diariamente, debido a la necesidad de desdoblamiento de la matrícula en grupos reducidos, que permitan el distanciamiento físico. Es decir, el sistema ya está en una modalidad “de mínima”, que además incluye cierres de burbujas por casos sospechosos o reales que obligan a la suspensión presencial rutinariamente. Esto hace que el margen para reducir presencialidad, sin seguir ahondando la desigualdad educativa, la pérdida de aprendizajes y los riesgos socioemocionales, es casi inexistente.

Ivana Templado


[1]Síntesis de acciones y plan de trabajo 2021 para garantizar la plena presencialidad en el sistema educativo argentinohttps://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/28-11-20_a_las_aulas_-_sintesis_de_acciones_y_plan_de_trabajo_2021.pdf

[2]http://dash2.knack-research.com:8888/DASHCOVID3/login.php?#

[3] De acuerdo al Banco Mundial: La “pobreza de aprendizaje” tiene en cuenta la proporción de niños que han sido privados de aprendizajes o no alcanzan un nivel mínimo de comprensión lectora como se mide en las escuelas, y/o están privados de escolaridad, definido tanto en términos de acceso como de flujo, medido según la cuota de niños que no asiste a la escuela o que tienen distorsión edad-grado significativa.

[4]En algunos casos se originaron como consecuencia del no uso de medidas de prevención (máscaras, distanciamiento, etc.), en otros casos no es posible aislar el cierre o apertura de escuelas de otras medidas que se dan simultáneamente;  otros surgen de ejercicios o modelos de simulación, y por lo tanto los resultados dependen de supuestos y parámetros usados.


Referencias

Banco Mundial (2021) Actuemos ya para proteger el capital humano de nuestros niños. Los costos y la respuesta ante el impacto de la pandemia de COVID-19 en el sector educativo de América Latina y el Caribe.

Banco Mundial (2021) – De Hoyos, R. y Saavedra, J. – Es hora de volver a aprender. https://blogs.worldbank.org/es/education/es-hora-de-volver-aprender

Bailey, J. (2021) Is it Safe to Reopen Schools? An extensive review of the research.https://www.crpe.org/sites/default/files/3-12_is_it_safe_to_reopen_schools_an_extensive_review_of_the_research_1.pdf

UCA (2021) Efectos Sociales del Escenario COVID-19 en las comunas y villas de la CABA. Encuesta de la Deuda Social del Observatorio de la Deuda Social Argentina.

Unicef (2020) Educación en persona y transmisión de Covid-19: Revisión de la evidencia.

Unicef (2021) Impacto de la pandemia en la educación de niñas, niños y adolescentes durante 2020.  Encuesta de percepción y actitudes de la población.

Unicef (2021) El Impacto de la pandemia COVID-19 y las medidas adoptadas por el Gobierno sobre la vida cotidiana. Tercera Ola. Informe de resultados.



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