Plata dulce

La Argentina enfrenta nuevamente –como tantas veces en su historia económica- un fenomenal viento de cola. Al “regalo” de casi 4400 millones de dólares en moneda del FMI (DEGs) que, para fines del tercer trimestre, permitirán alimentar las flacas reservas del Banco Central, se suma un aumento que no se detiene aun en los precios de las materias primas. Esto último promete mejorar los términos del intercambio entre 12 y 15% en 2021, volviendo a los niveles máximos que se tocaron en 2011/12. Nada mal por cierto, si a ello se suma la recuperación cíclica de la economía mundial y un muy elevado nivel de liquidez que contribuyen para que todos los países-avanzados y emergentes- registren altas tasas de expansión cíclica en 2021. ¿Lo estamos aprovechando?

Cuando las restricciones aflojan, muchos prefieren no corregir los problemas que enfrentan. No solo pasa ello con los individuos, sino también con los dirigentes –políticos, sociales, deportivos- que, con una mirada centrada en el muy corto plazo, descartan aprovechar la bonanza para resolver problemas estructurales. El populismo es solo un caso extremo de esta elevada preferencia temporal que hace que en los “buenos tiempos” nadie nos recuerde que la bonanza no dura para siempre.

En el caso argentino, sin embargo, hay razones para preocuparse. El país no puede acceder al crédito voluntario a pesar de haber restructurado su deuda a nivel nacional y, por lo tanto, tiene dificultades para refinanciar vencimientos que –en condiciones de una negociación normal con los organismos multilaterales- implicaría enfrentar vencimientos a partir de 2022 inferiores al 4% del PBI por año. Recordemos que la mayoría de los países enfrentan habitualmente niveles mucho más elevados de vencimientos de deuda –en el orden del 15% del PBI, el promedio de los emergentes- y no por ello entran en pánico o en default. El pánico es, en el caso argentino, una señal de que algo anda muy mal, y se refleja en el indicador de riesgo país que se mantiene estoicamente en el rango de los 1500 a 1600 puntos básicos.

La fiebre alta revela que hay desequilibrios de larga data, que las autoridades rechazan el análisis de los doctores y que recurren a la hechicería (economía vudú) con demasiada frecuencia. Por algún tiempo, la población puede creer que las condiciones (económicas, en este caso) se sostienen por las medidas de los brujos, cuando dependen en buena medida de la bonanza que viene de afuera. No es la primera vez que se confunde un escenario de plata dulce con las políticas que en ese momento se aplican. Cuando la bonanza pase –porque no habrá Derechos Especiales de Giro para repartir todos los años y los precios de las commodities a veces caen- probablemente estaremos lamentando no haber hecho algunas correcciones que nos permitan reducir desequilibrios, bajar la inflación, restablecer la confianza en la moneda doméstica y generar un salto en la inversión.

Pero entonces será tarde, y habremos sido víctimas una vez más de la maldición de la plata dulce. A esta altura la “enfermedad holandesa” parece menos grave que esta “enfermedad argentina” que nos aqueja. Disfruten la lectura de los Indicadores.

Juan Luis Bour

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